27 noiembrie 2017

«Cursa cu obstacole» publicată în Argentina

Am citit odată opinia unui scriitor care a avut parte în viaţă de destule întâmplări neplăcute în anii totalitarismului. El spunea că atunci când ai nenorocul de a le trăi şi când simţi că ele te afectează şi îţi răpesc seninătatea cea mai bună metodă este aceea de a le povesti unui prieten, cuiva dispus să te asculte sau, dacă nu ai la îndemână o astfel de persoană, de a le pune pe hârtie, de a le istorisi în scris. Aceasta te va elibera într-o oarecare măsură de apăsarea şi obsedanta rememorare a episodului dezagreabil, a nedreptăţii pe care ai suferit-o, a afrontului ce ţi-a fost adresat.
Am ascultat de multe ori de acest sfat şi trebuie să-i dau dreptate autorului său: extravertirea are darul de a te detaşa, de a te împăca cu ceea ce nu poţi schimba şi de a-ţi regăsi liniştea necesară pentru a putea merge mai departe. De aceea am scris articolul «Cursa cu obstacole» şi l-am publicat, iniţial în revista «Radioamatorism şi Radiocomunicaţii», apoi pe Radioamator.ro, iar o traducere în limba engleză în revista FOCUS editată în Marea Britanie, precum şi pe cunoscutul portal eHam. De acolo a fost preluat pe numeroase alte pagini de internet. Reacţiile comentatorilor sub articolul publicat pe eHam pot fi citite şi în traducere sub materialul în limba română de pe această pagină la această adresă.

În vară am primit un surprinzător mesaj de la Carlos E. Beviglia LU1BCE, preşedintele asociaţiei naţionale a radioamatorilor argentinieni. Îmi scria că a găsit în publicaţia WorldRadio Online (în prezent fuzionată cu revista CQ Magazine) articolul Errare humanum estradus de mine în limba engleză şi îmi cerea permisiunea de a-l traduce din engleză în spaniolă şi de a-l publica în trimestriala Revista del Radio Club Argentino pe care o coordonează. Fireşte că am fost deosebit de încântat de a-i acorda acceptul şi l-am invitat să citească cu această ocazie şi celelalte două articole traduse în engleză: Dictatorii şi radioamatorismul şi «Cursa cu obstacole». Mi-a răspuns că ar prefera să înceapă colaborarea noastră publicându-l mai întâi pe acesta din urmă. Peste o lună mi-a prezentat o excelentă traducere, iar acum am primit vestea că articolul a apărut în numărul 89/noiembrie 2017 al revistei colegilor din Argentina, urmând să mi se trimită şi un exemplar prin poştă. 
Imaginea copertei revistei este vizibilă sub titlu, iar două fragmente extrase din pagina originală precum şi traducerea integrală a articolului se găsesc mai jos:





Una carrera con obstáculos
Comencé a leer con gran ansiedad el artículo que escribió YO2** sobre el 40º Aniversario del Radio Club de Timisoara, mi ciudad natal, que dejé hace 37 años, pero cuyas calles aún recorro en sueños. Allí crecí y fui al colegio en mañanas heladas de invierno, cuando el termómetro marcaba -20ºC. A veces, tenía que viajar en el estribo del Tranvía 6 porque estaba repleto de gente, para poder llegar a tiempo a la Escuela Superior de Música en el centro de la ciudad. Ese tranvía tenía un recorrido circular a través de la plaza María y también cruzaba por el puente sobre el Río Bega. Pero nunca imaginé, ni en la peor de mis pesadillas, que leyendo este artículo me toparía con el “camarada” Alexandru, aunque solo virtualmente en este papel impreso. Como un terrible sueño, el camarada Alexandru reaparecía en mi vida cuando ya lo creía borrado de mi memoria para siempre.
El autor de ese artículo se atribuye poseer buenas habilidades como organizador - tal vez realmente las tenga -, pero para mí fue alguien que por dos largos años impidió que pudiera cumplir un sueño.
Cuando tenía 16 años, un violonchelista introdujo en mí el bichito de la radioafición, dándome unos ejemplares de una revista de radioaficionados y revelándome el “secreto” de que, en onda corta, además de las estaciones comerciales uno podía escuchar a los radioaficionados charlando libremente, algo inconcebible para los espectadores de cine de aquellos tiempos, que veíamos que los únicos que operaban estaciones de radio eran valientes soldados soviéticos, espías o repugnantes traidores al servicio de agencias de inteligencia occidentales, que siempre eran atrapados gracias al patriotismo de un iluminado o de un joven miembro de una organización comunista que descubría sus actividades e informaba a las autoridades.

En nuestra rudimentaria radio rápidamente ubiqué las bandas de 40 y 20 metros, y con sorpresa, comencé a escuchar los QSOs de los aficionados locales y las estaciones extranjeras de AM, entre ellas las italianas, que tenían unas señales distintivas extremadamente largas. Luego, con la ayuda de un viejo manual scout comencé también a escuchar contactos de CW; obviamente las señales no tenían un sonido musical sino un “zumbido”. Recuerdo la emoción que sentí cuando una mañana escuché a la señal trémula de una W6 que enviaba un QTH CA y luego una estación chilena de Antofagasta. ¡Hasta diseñé unas hojas para usar de log, llevar registro de mis recepciones y soñar que algún día iba a mandar tarjetas QSL con mi propia señal distintiva SWL!

En el invierno de 1959 me inscribí en los cursos de telegrafía dictados por la AVSAP (Asociación de Voluntarios en Defensa de la Patria), que se daban en el salón principal del radio club y me gradué en el verano de 1960. También adquirí un libro fabuloso con tapas grises, el Radio Amateur Traffic, del que aprendí un montón de cosas. Tenía el listado de los países del DXCC, sus prefijos y las zonas CQ. Después de unos meses me aprendí la mayoría de memoria; muchos de los prefijos ya los tenía registrados en mi log, así que cuando un miembro de la comisión examinadora que otorgaba los certificados me preguntó sobre algunos prefijos de Europa, no tuve ningún problema en responder correctamente. En noviembre de 1960 recibí orgulloso mi certificado de radioescucha, el Nº 184, y junto con otros colegas que habían hecho el curso de telegrafía, solicité la licencia SWL. Todo parecía ir viento en popa, hasta que apareció en mi vida el camarada Alexandru, para eclipsar el disfrute que había logrado durante estos años.

Hasta ese momento no lo había visto mucho. Durante las tardes en que se daban los cursos de telegrafía, observaba el talento de unos radioaficionados que construían una enorme estación del lado derecho del salón, mientras que, del lado izquierdo, el legendario Mir, YO2CD se mantenía ocupado con sus exóticos QSOs en CW. Se comentaba que el nuevo director del radio club era del ejército y que no sabía nada de radioaficionados. No obstante, esto no le impidió rechazar mi solicitud para una licencia, mientras que otros postulantes, entre ellos húngaros y alemanes además de rumanos -por cierto, ninguno de ellos judío-, recibían sus licencias e iban rápidamente a la imprenta a encargar las tarjetas con sus nuevas señales distintivas.
A Alexandru lo respaldaba en su categórica negativa - como en todos sus demás actos- un reconocido radioaficionado de Timisoara, hoy veterano, que negaba con la cabeza y se encogía de hombros al igual que su “jefe”, como respuesta ante mis desesperados reclamos.

Este fue el comienzo de un tiempo muy angustiante, plagado de renovadas expectativas que sistemáticamente se veían frustradas. Alexandru me embaucaba, fijándome continuamente días y horas en las que me debía presentar en el club. Recuerdo la ilusión con la que subía la escalera caracol y la decepción con que la bajaba, esperando una nueva fecha en la que quien sabe tal vez, posiblemente un misterioso e invisible defensor de la ley surgiera de los escritos de Kafka y finalmente tuviera piedad de mí y compasión ante las súplicas de un escucha de onda corta sin licencia que tanto deseaba estar dentro de la ley…
He mantenido el registro de las veces que concurrí al radio club; fueron 35. En mi visita número treinta y cinco, Alexandru, probablemente aburrido de la monotonia de estos repetidos encuentros, tomó coraje como un soldado ante un nuevo escenario de batalla y me dijo que para obtener una licencia de radioescucha necesitaba ser miembro de la UTC (Agrupación de Jóvenes Comunistas). La patria sólo confiaba en aquellos que eran miembros de la UTC. Lo objeté, ya que entre aquellos que hicieron el curso conmigo y obtuvieron la licencia, conocía a varios que no eran miembros de la UTC y otros que ni siquiera tenían la edad requerida para serlo. Alexandru se quedó pensando por un momento y finalmente encontró una solución. Bastaría con una carta de recomendación de mi escuela, pero debíamos ir juntos a solicitarla al director. Como todo militar muy disciplinado, el día y hora indicados estaba esperando frente al colegio, ataviado con su uniforme verdoso. Cuando llegamos frente a la oficina de la dirección me dijo que lo esperara y entró solo. El director me tenía en buen concepto y siempre me incluía en su “troupe” de estudiantes/artistas. Capaz de ejecutar un programa musical completo, me enviaba con mi xilofón a los festivales artísticos del condado junto con otro alumno y su acordeón, y realmente siempre resultábamos un éxito rotundo.
No sé qué sucedió dentro de la oficina, pero el hecho es que Alexandru salió y me indicó la puerta: el director me estaba esperando. Toda esta puesta en escena era un mal augurio. Con la cara enrojecida y tartamudeando de la emoción le solicité al director una carta de recomendación. No olvidaré en mi vida la profunda turbación de ese pobre hombre, obligado a rechazar mi pedido, sin poderme dar una explicación. Dejé la oficina pasmado. Alexandru desapareció.
Esto me hizo perder todas las esperanzas. Decidí abonar este hobby, que parecía prohibido para mí. Pero antes de renunciar, hice algo más: por primera vez en mi vida ejercí el derecho de petición que, como joven ciudadano de la República Popular de Rumania, garantizaba la Constitución. Le escribí una larga carta a YO3**. Solía escucharlo los domingos transmitiendo en 40 metros en la frecuencia oficial de la Federación Rumana de Radioaficionados y pensé que al menos alguien debía enterarse de la injusticia a la que había sido sometido. Le relaté como, día por día, 35+1 veces había sido convocado al club y le pedí ayuda, porque no entendía cómo me habían negado algo que otros habían obtenido sin dificultad. Envié una copia de la carta al Radio Club Central y otra a su domicilio particular. Encontré ambas direcciones en el directorio telefónico. Durante meses esperé en vano la llegada del cartero. Si bien la Constitución Rumana garantiza el derecho de peticionar, no resulta obligatorio para las autoridades responder a dicha petición. Tal vez por eso no obtuve respuesta a mi S.O.S…

Aproximadamente un año más tarde, me encontré en la calle con una persona que había hecho el curso conmigo. Él ya tenía su licencia y me contaba que había trabajado una estación ZS4 en 40 metros. También me dijo que el camarada Alexandru había sido convocado nuevamente al servicio activo y que la nueva autoridad del radio club era Costi Dumitrescu, YO2BI. Me instó a que fuera al club, ya que se trataba de una buena persona que tal vez me podría dar una mano.
Subí temblando las bien conocidas escaleras de madera En la oficina, que Alexandru había tapizado de color azul, se hallaba sentado un señor joven y apuesto. Brevemente le conté todo lo sucedido y le mostré mi certificado SWL. Sonrió con cierto pesar y compasión, se puso de pié, sacó un formulario de un armario, lo llenó con mi nombre y las bandas que utilizaba como escucha en mi pobre estación de radio, 7 y 14 MHz. Luego consultó un registro y colocó la señal distintiva: YO2-1117. Me indicó que fuera a la Oficina central de Correo y que la sellara. Después siguió atendiendo a otro radioaficionado que estaba esperando. Increíble, ¿no?
Un mes después regresé, esta vez para retirar mis cerca de 300 tarjetas QSL, el primer lote de tarjetas con mi licencia. Tuve que llevar una copia del log -tal vez los colegas más jóvenes no sepan que en aquellos años había que presentar copia carbónica, aún de las recepciones, para que las autoridades las verificaran-. Costi hojeó las copias y dijo: Muy bien, ¡ojalá todos conservaran sus logs en forma tan ordenada!

Así se cerró un capítulo de mi vida, pero no todavía la carrera de obstáculos. Finalmente alcancé la meta en 1980, 17 años después, durante los cuales tuve que llenar formularios, solicitudes, peticiones, quejas… y presentaciones. Recién obtuve mi licencia para poder transmitir cuando otros ya habían acumulado 20 años de actividad. Esta es la forma en que conocí al camarada Alexandru. Ansío con toda mi alma que ningún colega joven se tope en su camino con uno de estos personajes, que causaron tanto daño a los radioaficionados rumanos en aquellos años de arbitrariedad y totalitarismo.
(Introducere şi prezentare de YO4PX. Surse: Revista del Radio Club Argentino, traducerea în limba spaniolă de Carlos E. Beviglia LU1BCE, eHam)

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Fotografia mea
Constanţa, Constanta, Romania

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